En Castelló, el verano golpea con calor y obras que parecen no acabar jamás. Mientras la ciudad lucha con calles levantadas, polvo y tráfico caótico, la calma se busca en escenas sencillas, como una tormenta de verano observada desde un balcón, donde un abuelo y su nieto se maravillan con relámpagos y truenos, recordándonos que la vida cotidiana sigue, incluso bajo el calor más abrasador.
La ciudad entre obras y soledad
El Parque Ribalta, verde pero abandonado en algunos rincones, es un reflejo del verano en Castelló: vegetación que bosteza y calles que esperan la llegada del curso escolar para recuperar su pulso social. Pancho, un perro vecino, vaga apático, buscando el frescor que se pierde en la ciudad.
Las obras en la vasta Zona de Bajas Emisiones son las protagonistas estivales, con quejas sobre acabados deficientes, desorden en el tráfico y problemas para peatones y ciclistas. El verano castiga con su calor, y las calles castellanenses parecen no tener descanso.
Un grito solidario desde el Mediterráneo
Mientras todo esto ocurre en Castelló, a miles de kilómetros, el conflicto israelí-palestino no da tregua. El gobierno israelí continúa sus ofensivas en Gaza y Cisjordania, dejando tras de sí un paisaje de violencia y muerte entre la población civil.
Desde Barcelona, una flotilla de la libertad zarpa con ayuda humanitaria rumbo a Gaza, buscando romper el bloqueo impuesto por Israel. Decenas de activistas nacionales e internacionales participan en esta iniciativa impulsada por una sociedad civil que clama por la paz y el fin del genocidio que algunos atribuyen a Netanyahu.
En la arena internacional, el presidente palestino Mahmud Abas ve vetada su participación en la Asamblea General de la ONU por la presión de Estados Unidos, en un gesto que refleja la compleja y desigual geopolítica del conflicto, mientras la comunidad internacional, a excepción de algunos países como España, guarda silencio o se limita a condenas tibias.
Encuentros y reflexiones cerca de casa
De regreso en Castelló, los vecinos reanudan costumbres como las comidas dominicales, compartiendo esperanzas y preocupaciones. La conversación ronda temas globales como la crisis migratoria en Mauritania y las posturas políticas de la ultraderecha española, reflejadas en las polémicas declaraciones contra ONGs como Open Arms.
Con una ensaladilla rusa y berenjenas, el brindis no puede evitar un pensamiento para Palestina. El deseo es que el mundo deje de mirar hacia otro lado, que la masacre termine y que quienes impulsan la violencia rindan cuentas.
El verano en Castelló, con su mezcla de calma familiar, conflictos urbanos y llamadas urgentes a la solidaridad, invita a no olvidar lo que sucede más allá, desde Gaza hasta Cisjordania. Que no se enfríe el alma, ni el corazón.